Alicia


Durante mis cortos 18 años, sí digo cortos porque no soy vieja, sufrí una gran perdida:
la de mi abuela paterna.
Mi abuela, mi colorada linda, se llamaba Alicia siempre que iba a la casa, comprábamos cerveza sin alcohol, “tomá solo la espuma miky” ¿será por eso que hoy en día me gusta tanto la cerveza?
Tengo una foto con ella de cuándo era muy chica, Alicia me compró de esos teléfonos de juguetes, era violeta, como mi color favorito. Estaba chocha, me sentía grande e independiente.
Otro día, fui a la casa y me sorprendió con una campera roja bien de invierno, siempre la usaba hasta que no me entró más y esa vez lloré mucho, porque era mi campera, la campera que me regaló la abuela.
Después, por quilombos, dejé de ir a lo de la abuela, dejé de visitarla, dejé de tomar cerveza sin alcohol a los siete años, dejé de comer los postrecitos que siempre tenía para mí. 
Perdí el contacto hasta que después de años, una vez estaba limpiando con mamá la cocina, me dijo “maky, la abuela Alicia se murió” e instantáneamente me puse a llorar, no lo podía creer, me eché la culpa de por qué no la había ido a ver, de por qué no nos vimos más, y es el día de hoy qué la extraño, y me pregunto si estará orgullosa de la única nieta que tuvo. Después me enteré que era depresiva y sospecho que un poco alcohólica, pero lo que quise a esa mujer no tiene nombre ni apellido. El amor de abuelos es una de las cosas más lindas que se tiene en la vida hasta que se pierde. Hace tres años o cuatro, le escribí una carta diciéndole que la extrañaba mucho y que quería sus abrazos o solo tirarme en la cama con ella a mirar tele. Mamá me dijo que si hacía eso y después quemaba la carta me iba a sentir mejor. No resultó y me enojé con ella porque sentía que me estaba mintiendo hasta que entendí que los abuelos se mueren y los abrazos también.

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